Hay quien ve en ella un erotismo desbordante,
omnipresente, apoyado en ciertos elementos icnográficos
–tacones, tijeras, melenas, puñales, liebres-, un
erotismo de la espera o del proceso de seducción, del “placer
implícito en la retención de la expresión
del deseo”, como ha dicho con mucho acierto Miguel Cereceda.
También se ha hablado del barroquismo conceptual que impregna
sus cuadros. Ya en 1996 Fernando Castro Flórez hablaba
de una estética barroca, entendiendo como tal “el
espesor de una aceleración, la poética del fragmento
que mantiene una tensión con respecto a las partes”.
Incluso yo misma me he aproximado a la obra de Carlos Vidal desde
la importancia del acto de comunicarse. Letras, palabras, alfabetos,
lenguaje de las manos, todo vale como imagen, pero esas imágenes
hablan de la necesidad de expresión, del valor de la palabra
del lenguaje. Y sin embargo ahora vuelvo a su obra y descubro
con sorpresa un elemento del que nunca antes me había percatado:
la ceguera. Si, la ceguera. Porque, ¿que lleva a un pintor
a llamar a sus dos ultimas exposiciones Delciegoazar y Dibujos
de Ciego?. El subconsciente. Y el subconsciente sabe mas de nosotros
mismo que nosotros mismos. Entonces vuelvo a mirar la obra con
otros ojos y lo veo clarísimo: las melenas sin cara, o
lo que es lo mismo, sin ojos; mujeres con un pañuelo a
modo de antifaz; los puntos del alfabeto Braille en muchos de
sus cuadros; los ojos aislados, solitarios, descontextualizados;
las manos, que son los ojos de los ciegos. Incluso a veces jugar
a pintar sin ver, con los ojos cerrados, solo por el placer de
potenciar las sensaciones, de aumentar la sensualidad del acto
de pintar.
Hasta ahora no me habia dado cuenta, pero Carlos Vidal coquetea
con la ceguera, una ceguera extrañamente precisa y clara,
ese don del destino que le permite ver, adivinar o sentir lo que
otros ni siquiera imaginamos.